Esta demostración de "amor puro", ya se viralizó en el país y el mundo.
Hay actos puros que nos convencen que la humanidad no está perdida.
Durante 23 años, Rosita Guizzardi (52 años) fue la maestra preferida de Pablo Liberini (40 años), alumno con síndrome de Down en la escuela Especial Nº 11 de Sierra Grande (Río Negro).
Hasta que un 25 de enero del 2015, Pablo se quedó solo en el mundo por la muerte de su padre (85 años) y su madre (77 años).
Un año y medio después, Rosita se convirtió en su madre adoptiva.
Hoy, ella y su marido José Quiroz y Pablo, viven en la casa que durante años habitaron los propios padres de este último.
Hoy, ella y su marido José Quiroz y Pablo, viven en la casa que durante años habitaron los propios padres de este último.
Por consejo de los psicólogos provinciales, que trabajaron en el caso, la familia prefirió no moverlo de su espacio de origen a pesar de que el hogar de Rosita y José queda a una cuadra de distancia.
“El siempre fue un chico tierno, dulce y muy educado. Sus padres eran estrictos en ese aspecto. Al principio se apegó mucho a mí y después yo lo invité a participar de las actividades con mi familia, hasta que se transformó en uno más, en un hijo y un hermano para mis hijos”, explica Guizzardi, que firmó el último trámite de la adopción hace un mes.
Entre los muchos chicos que conoció en la Especial Nº 11, Pablo se destacó por sus maneras elegantes de conducirse con los profesores y por la precisión con que seguía sus rituales.
“El siempre fue un chico tierno, dulce y muy educado. Sus padres eran estrictos en ese aspecto. Al principio se apegó mucho a mí y después yo lo invité a participar de las actividades con mi familia, hasta que se transformó en uno más, en un hijo y un hermano para mis hijos”, explica Guizzardi, que firmó el último trámite de la adopción hace un mes.
Entre los muchos chicos que conoció en la Especial Nº 11, Pablo se destacó por sus maneras elegantes de conducirse con los profesores y por la precisión con que seguía sus rituales.
“Tenía una rutina muy marcada. Por ejemplo, a las 17 tomaba té si o sí”, recuerda.
El vínculo entre maestra y alumno se fue forjando a lo largo del tiempo, entre la paciencia y el amor. Un día, hace 15 años, en el marco de un almuerzo familiar, Pablo les dijo a Sarita y a Pio que el día que ellos no estuvieran más él quería irse a vivir con Rosita y José. No con sus tías, con quienes mantiene el vínculo de sangre. No hubo sorpresa entre sus padres, que nunca dejaron de preocuparse por cual sería el destino de su hijo si ellos faltaban.
“Cuando Pablo les dijo esto, nos llamaron de inmediato. Estábamos todos reunidos y Pio, que andaba por los 70, anunció: bueno, este mozo dice que cuando no estemos, él se va con ustedes. Nos reímos pero lo tomamos en serio. Desde entonces Pio se ocupó de ir armando el tema legal para que Pablo se quedara con nosotros”, cuenta Rosita. En el 2014, con Sarita fallecida y Pio enfermo, Pablo comenzó a pasar la mayor parte de sus horas con sus padres adoptivos.
Para Pablo pasar de un hogar conducido por dos personas muy mayores a uno en el que los padres tienen 52 significó un cambio de ritmo. Sus jornadas se volvieron menos predecibles. “Antes había que levantarse muy temprano con él, la comida a tal hora, bañarse a tal otra. Nosotros le dijimos que puede estar un poco más relajado. También, si nos da la gana, nos vamos a la mañana a Puerto Madryn (queda a 120 kilómetros), vemos una película y volvemos”, cuenta.
En el 2012 Rosita fue diagnosticada con cáncer en la piel y este duro anuncio le hizo replantearse el compromiso con sus amigos.
El vínculo entre maestra y alumno se fue forjando a lo largo del tiempo, entre la paciencia y el amor. Un día, hace 15 años, en el marco de un almuerzo familiar, Pablo les dijo a Sarita y a Pio que el día que ellos no estuvieran más él quería irse a vivir con Rosita y José. No con sus tías, con quienes mantiene el vínculo de sangre. No hubo sorpresa entre sus padres, que nunca dejaron de preocuparse por cual sería el destino de su hijo si ellos faltaban.
“Cuando Pablo les dijo esto, nos llamaron de inmediato. Estábamos todos reunidos y Pio, que andaba por los 70, anunció: bueno, este mozo dice que cuando no estemos, él se va con ustedes. Nos reímos pero lo tomamos en serio. Desde entonces Pio se ocupó de ir armando el tema legal para que Pablo se quedara con nosotros”, cuenta Rosita. En el 2014, con Sarita fallecida y Pio enfermo, Pablo comenzó a pasar la mayor parte de sus horas con sus padres adoptivos.
Para Pablo pasar de un hogar conducido por dos personas muy mayores a uno en el que los padres tienen 52 significó un cambio de ritmo. Sus jornadas se volvieron menos predecibles. “Antes había que levantarse muy temprano con él, la comida a tal hora, bañarse a tal otra. Nosotros le dijimos que puede estar un poco más relajado. También, si nos da la gana, nos vamos a la mañana a Puerto Madryn (queda a 120 kilómetros), vemos una película y volvemos”, cuenta.
En el 2012 Rosita fue diagnosticada con cáncer en la piel y este duro anuncio le hizo replantearse el compromiso con sus amigos.
“Pensé en qué va a pasar, porque si yo estaba enferma tampoco iba a poder cuidar a Pablo”, señala. Pero la enfermedad se transformó en un desafío: “Saber que tenía que cuidarlo me hizo seguir adelante, mis hijos ya podía manejarse solos, pero él no. Me sané en el 2014”.
Pablo de lunes a viernes asiste a la Unidad Laboral de la Especial Nº 11.
Pablo de lunes a viernes asiste a la Unidad Laboral de la Especial Nº 11.
Cuenta Rosita: “Pablo es muy activo pero cuando quiere reflexionar o superar un momento de tristeza, se va al columpio que tiene en el patio. En ese lugar elaboró la muerte de sus padres. Se sienta ahí y habla consigo mismo”.
Gracias Rosita, un ángel en la tierra.


