El retroceso no es menor: solo en enero, las ventas se desplomaron alrededor de 13% interanual, reflejando el fuerte impacto de la pérdida de poder adquisitivo.
A esto se suma una menor actividad en la industria frigorífica, con caídas en la faena que reducen la oferta disponible en el mercado interno.
Detrás de este escenario aparece un combo de factores estructurales.
La producción bovina viene golpeada por sequías prolongadas entre el 2021 y 2024 y posteriores inundaciones, que afectaron el stock ganadero y el nivel de preñez.
Esto derivó en menos hacienda disponible y una oferta más ajustada.
El resultado es un mercado interno tensionado: menos carne en góndola y precios que siguen escalando.
Incluso con una demanda debilitada, los valores de los cortes continúan subiendo por encima de la inflación, impulsados por la escasez relativa y los costos de producción.
En este contexto, también se consolida un cambio en los hábitos de consumo.
Mientras la carne vacuna pierde protagonismo, crece la participación de alternativas más económicas como el pollo y el cerdo, en un proceso de diversificación que ya se había insinuado en el 2025 y que ahora se acelera ante la crisis del sector bovino.



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